sábado, 31 de diciembre de 2011

Bien Laden Desaparecido (05/05/2011)

Ni vivo, ni muerto. Desaparecido. 
Militares. Tiros. Irrupción en propiedad privada. País extranjero. Gritos. Más tiros. Muerte. Asesinato. Cadáver al mar.
Claro que la historia es conocida. Tristemente conocida, y profundamente sentida. Es Videla? Massera? No. Esta vez, es el premio Nobel de la Paz, Barak Obama. La indignación es tan grande que no me entra en el cuerpo. Naciones Unidas festeja la noticia. ¿Naciones Unidas festeja la noticia? ¿Festeja el haber ejecutado a un hombre sin juicio previo, sin ser juzgado? ¿Festeja la muerte?
Es cierto que mucho se ha escuchado sobre la peligrosidad de este hombre ejecutado. Pero sus características o su presunta culpabilidad en nada legitiman, autorizan o habilitan su asesinato. Esto lo aprendí de los tratados de Naciones Unidas, sagrados instrumentos surgidos para impedir cualquier repetición de violencia estatal. ¡Pero Naciones Unidas festeja la noticia! Es totalmente incoherente y me siento estafada. Al enterarme la historia, los hechos que se dieron a conocer sobre este asesinato,  fue uno de esos momentos en que la bronca es tan grande que da ganas de romper todo. De gritar. De gritarles a la cara a los asesinos disfrazados de garantes de la paz que simulan interesarse por los derechos humanos, por la vida, que dejen de mentir. Que dejen de hacer convenciones importantes con lindos folletos y frases simpáticas pensadas más por agentes de marketig que por juristas. Que dejen, por favor, que dejen de decir que les importan los derechos humanos de todas las personas. Es cierto que mucho se preocupan por los derechos humanos, pero de los occidentales, de clase media para arriba y preferentemente hombres.
Se podrá decir, y mucho se ha dicho, que de los hechos no hay imágenes, tan necesarias es este momento histórico para dar credibilidad a aquello que se declara. Más allá de que creo que este asesinato horrendo es tan cierto como lo relatan, tampoco me parece importante que lo prueben con imágenes. Las pruebas se necesitan en los juicios justos, para garantizar los derechos del imputado. No en un discurso mediático. No son los televidentes los que deben juzgar los hechos.
Me acuerdo cuando vi en 2005 la ejecución medieval de Saddam Hussein, ahorcado encapuchado, custodiado por hombres con grandes cuchillos. La indignación era similar a la de hoy. La contradicción de sentir lástima por un hombre que ha matado a tanta gente y de la manera más cruel. Es que claro, lo que haya hecho no justifica la violación de sus derechos. ¡Cierto que lo aprendí de los tratados de Naciones Unidas!
Tirar un cadáver al mar debe ser una de las cosas más nefastas, más aberrantes que se puedan cometer. Si lo sabremos los argentinos… No tener una tumba, no respetar los ritos. Desaparecer un cuerpo persiguiendo el imposible de pretender que la persona no haya existido nunca, que sea olvidada.

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