viernes, 27 de enero de 2012

Pascualina

Llego a casa después de dejar a Dante en la casa de los abuelos, que bueno, tengo pensado hacer mil cosas, aprovechar para trabajar, estar tranquila en la computadora. Entro a casa, ufff, está desordenada. Bueno, está bien, ordeno un poco y me pongo a hacer mis cosas. ¿A quién le estoy hablando? No se, en ese momento ni siquiera me lo pregunté. Sólo dije, ok, voy a obedecer, pero mirá que después vienen MIS cosas. Hago la cama, barro (cuántos pelos de Gala!), lavo los platos y me pongo a levantar las cosas que Dante deja desparramadas por toda la casa: un cepillo de dientes, el principito con ruedas que lleva a pasear por el cemento alisado, una pala en la escalera, un dado en una maceta, las llaves tiradas en el baño, la raqueta de tenis abajo del sillón. Mientas voy levantando me doy cuenta que me voy conectando con el mundo disparatado y mágico de Dantino. ¿Qué orden tiene su cabecita? Las cosas que me empezaban a pasar eran realmente poéticas, pero como tenía que hacerlo rápido, para pasar a "lo mío" y aprovechar cada segundo, corrí esas sensaciones y me puse a lavar los platos. Una plata de acelga me miraba de reojo y no me habló hasta que terminé de lavar. -Hace tres días que estoy esperando ser pascualina y nada.... Puta, porqué no me lo dijiste antes? Pero tenés razón, te vas a pasar, te voy a tener que tirar. Me conmueven los bordecitos de las hojas de arriba, ya medio machucados, tristes. Bueno, está bien, te hago. Pero rápido, rápido, rápido. Ya la culpa me está tironeando la pollera que no tengo puesta. No quiero perder más tiempo, debería estar trabajando. Empiezo a cortar la verdura, pongo a freír la cebolla. Agarro la acelga, mmmm... que rico olor. Y el olor me lleva a prestarle atención a los colores, wow, cuantos verdes y cómo se van transformando mientras ella se zambulle, finalmente que contenta se la ve, en la cacerola. Me pongo a mirar cada ingrediente, las texturas. El momento sublime es hacer el agujerito en la acelga para los huevos, romper la cáscara contra la mesada, quebrarla y tirar ese liquido transparente y compacto que es la clara, que se escabulle a través de la acelga, dejando en el centro, redonda de orgullo a la yema amarilla, casi naranja. Voy haciendo el repulgue, ya estoy más relajada, ya no trato de correr a los sentimientos y  la calma que estas verduras me transmiten. Aunque con esto pierda tiempo. Pierda tiempo? Pienso en estas palabras... Parcen tan inocentes... Pero me están haciendo pensar, y sentir, que lo que hago fuera de lo que "tengo" que hacer, y lo que tengo que hacer es sentarme en la computadora a trabajar, es tiempo perdido. Tiempo que no vale. Wow. Que mentira! Cómo podemos repetir, yo hoy en el día ya es como la quinta vez que lo hago, tan descaradamente esta mentira? A qué tiempo le damos valor? Al que se lo da el mercado? Sí, creo que sí. Que mierda. Podemos criticar mucho el sistema que organiza nuestras vidas: individualista, desigual, despiadado, mentiroso, etc, etc, etc, pero es el que organizó y ordenó nuestras cabezas... Cuánto de todo eso es parte de nuestro lenguaje cotidiano, y por ende de nuestra vida, aunque no nos demos cuenta...